Atlético Tucumán desafía a la historia. O mejor: está haciendo historia a cada paso. Después de parirla con los insólitos y siempre ambiguos reglamentos argentinos para clasificarse a la Copa, tuvo que sortear dos fases previas y recién entonces pudo acomodarse en un grupo. Un grupo que, para un novato, desde los nombres no pintaba nada bien: Palmeiras y Peñarol, dos equipos con mística copera y de buena actualidad, más Wilstermann, de Bolivia. Cualquier apuesta previa pagaba dos pesos por la clasificación de brasileños y uruguayos, y condenaba a la Cenicienta tucumana a un simple papel de partenaire. Hoy, sin embargo, el que está afuera es Peñarol, mientras Atlético les pelea a los bolivianos el segundo lugar y ya tiene una confirmación: si no sigue en la Libertadores, igual tiene un lugar reservado en la Sudamericana.

¿Cómo lo hizo? Sin estridencias ni locuras, tratando de conservar la base, reteniendo a su figura (Zampedri, que siempre cumple con su cuota) pese a las tentaciones y sosteniendo la identidad. Pasados los nubarrones que llevaron al alejamiento de Azconzábal, la dirigencia apuntó a un entrenador de perfil parecido y, de la mano de Lavallén, el sueño americano aún está vivo sin descuidar el frente local -el objetivo primordial es afianzarse en Primera. Pudo haber tenido mejor suerte en partidos en los que dejó puntos al principio, pagó su derecho de piso, y por eso ahora la clasificación no depende de sólo de sí mismo, pero sea como fuere el resultado final, el balance es muy positivo. Por la experiencia y por la dignidad de este tránsito.

Atlético ya ganó. Les ganó a los prejuicios que lo condenaban y también le ganó a la historia.

Por: Antonio Serpa (Diario Olé)

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