Preocupación, bronca, tristeza y al final algo de alivio. Mauricio Macri pasó el fin de semana en Chapadmalal y atravesó esas sensaciones con las sucesivas postergaciones del River-Boca por la violencia en la tarde del sábado. El Presidente transmitió su enojo por el fallido operativo de Seguridad, aunque con el cuidado de no quedar involucrado en las decisiones vinculadas al partido ni a posibles desplazamientos de funcionarios en los próximos días. “Muy caliente, pero al margen”, resumió la posición un funcionario que se mantuvo en contacto con el jefe de Estado.

Ya en la cuenta regresiva del G20, en las primeras horas del domingo dominaba en el Gobierno la ansiedad por superar de una vez la definición de la Libertadores sin incidentes tanto en el Monumental como en lo que siguiera después, los festejos del ganador y eventuales reacciones de los hinchas del perdedor.

La nueva postergación de otra manera también bajó la tensión para “concentrarse” ya de lleno en la organización de la cumbre, admitieron funcionarios del área. La Casa Rosada buscó despegar la final de la llegada de los líderes más importantes.

Para Macri hubo otro motivo puntual de alivio, en línea con el objetivo de tomar distancia de la suspensión que otra vez dejó al descubierto las fragilidades organizativas desbordadas por la violencia: las palabras de Horacio Rodríguez Larreta en las que asumió que la seguridad estaba a cargo del Gobierno porteño. “La responsabilidad del operativo es de la Policía de la Ciudad, donde colaboraron fuerzas federales”, aseguró pasado el mediodía, una vez que se había confirmado que el partido se jugará en diciembre.

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